18 nov 2013

Urbanismo medieval de las "Cuatro Villas de la Costa"

El callejero medieval a menudo se caracterizaba por ser un laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas, cuya anchura y dirección cambiaban cada varios metros. Además, sabemos que lo normal es que a la hora de pensar en una ciudad medieval nos imaginemos calles estrechas, retorcidas, empinadas y oscuras. En él nos encontramos con las calles principales que suelen ser la continuación natural de los grandes caminos que llegan hasta la villa, avanzando su trazado desde alguna de las puertas que nos encontramos en la muralla, y que rondan los cinco o seis metros de anchura aunque a veces llegan hasta los diez metros. Hay calles que rondan los dos, cuatro metros de ancho y, por último, están los callejones que se entienden como lugares oscuros, inseguros, sucios... que la mayoría de las veces no tienen salida y que no sobrepasan el metro y medio (Fernández González, 2001: 302 – 303; Fernández González, 2006b: 138).
Cuando se investiga la evolución del urbanismo de cualquier villa es importante analizar cómo los contemporáneos denominaban a sus calles observando así la construcción de nuevos edificios, la residencia de algún personaje en una calle o la fijación de ciertos oficios en un punto concreto. Ya a finales del siglo XII existe constancia de denominaciones de calles en la villa de Santander. En Santander nos encontramos calles que se refieren a monumentos, edificios o elementos notables que se localizan en dicha calle o en su entorno como, por ejemplo, San Francisco y Santa Clara; a oficios, profesiones y actividades económicas en su sentido general; la topografía del lugar o a su situación respecto a algún elemento notable y conocido por todos, destacando en general algunas de sus características físicas, como por ejemplo, Rúa Mayor, Rinconada, Calzadilla, Rúa Chiquilla, Fuera la Puerta, Puerta la Sierra, La Ribera, Somorrostro o La Llana; y, por último, cuya onomástica recuerda a individuos notables en el ámbito de la villa, como por ejemplo: Don Gutierre (Fernández González, 2001: 315).
En la franja cantábrica, donde las horas de sol eran y siguen siendo escasas, se preferían las calles rectas y relativamente amplias con cierto predominio de la orientación Este – Oeste, asegurándose así la mayor cantidad de horas de luz natural incidiendo en el interior de las viviendas, así también se protegían de los temidos vientos del norte y los más frecuentes del noroeste que traían consigo precipitaciones, y en un principio no era frecuente que diesen sensación de estrechez y oscuridad (Fernández González, 2001: 303 – 313; Fernández González, 2006b: 139; Izquierdo Benito, 2007: 100). Las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera se caracterizaban por poseer un trazado generalmente en damero donde se alineaban las casas sobre solares más o menos regulares, estando sus calles rodeados por una muralla y estando la iglesia parroquial en un lugar preeminente (García Guinea, 1985: 487; Martínez Martínez, 2006: 116). En el siglo XIV las villas empezaron a crecer extramuros y con un ritmo desigual entre la muralla y los espacios agrarios, surgiendo así los arrabales como el Arrabal del Mar en Santander (Arízaga, 1996: 78; García Guinea, 1985: 487; Solórzano Telechea, 2002: 266 - 270).
La Puebla Vieja de Santander se encontraba sobre el cerro de Somorrostro y se hallaba delimitada por un acantilado en el sur y por una zona llana que se había formado con la erosión de la ría de Becedo en el norte (Fernández González, 2001: 254). Allí encontramos calles de diferentes longitudes debido a su falta de planificación, destacando la Rúa Mayor que alcanzó una longitud total cercana a los ciento noventa metros (Fernández González, 2001: 307).
En 1198 la Puebla Nueva de Santander ya estaba delimitada y en un par de calles se habían construido algunas viviendas que también estaban en uso. La calle de la Ribera contaba con una longitud aproximada de ciento treinta – ciento cuarenta metros en línea recta, escasamente elevada sobre la línea de costa, con orientación Este – Oeste y era un lugar de entrada de abundantes mercancías procedentes del puerto marítimo y de viviendas habitadas por personas relacionado con actividades marítimas. A partir de mediados del siglo XV la calle de San Francisco, que adquirió su importancia debido a la fundación del monasterio franciscano en las afueras de la villa, de Santander recibe a menudo el nombre de calle de los Zapateros o de las Zapaterías. Su longitud total rondaba los ciento cuarenta metros, poseía viviendas a ambos lados y presentaba una apertura de sur a norte a la altura de las Atarazanas que se construirían a mediados del siglo XIV (Fernández González, 2001: 297) siendo ésta una callejuela que permitía el acceso hasta la ría. Sin embargo, la longitud total de la calle de los Hornos, llamada así por la presencia de varios hornos de pan, era inferior a los setenta metros, mientras que su anchura sólo permitiría el paso de una persona al rondar probablemente los setenta y cinco centímetros (Fernández González, 2001: 272 – 287; Fernández González, 2005: 304 – 306).
Durante la Edad Media el suelo de las calles solía ser de tierra y lodo, las casas se hacinaban unas junto a otras, y a éstas las personas solían tirar los escombros, las basuras, las aguas residuales y hasta los animales muertos, lo que hacía que por muchas de ellas apenas se pudiese transitar y se podían convertir en el caldo de cultivo de funestas epidemias (Fernández González, 2006b: 144; García de Guinea, 1991: 16; Izquierdo Benito, 2007: 101). Había posadas, tabernas, tiendas, talleres, iglesias… (Valdaliso, 2009: 62).
A través de las calles se solía organizar el sistema de alcantarillado para la evacuación de las aguas residuales que se generaban en las viviendas y así nos encontramos numerosas ordenanzas municipales que hablan de sistemas de conducción de aguas limpias, éstas se contaminaban al verse filtradas por los pozos negros, y sucias, de la construcción de pozos negros, su estudio nos aporta una información muy rica e interesante, y del mantenimiento de las calles (Izquierdo Benito, 2007: 101; Ruiz, 1991: 33). La presencia de la cercanía del mar, de un río... resultaba imprescindible a la hora de fijar el emplazamiento de una población y a menudo su localización se hacía teniendo en cuenta la existencia de fuentes sobre las que se pudiesen levantar pozos que facilitasen el abastecimiento de agua y para asegurar éste. Lo normal era la instalación de una fuente en la plaza principal de la villa, en alguna de las calles de más tránsito o junto a la puerta principal de acceso a la villa (Fernández González, 2006b: 151 -152).
Las ciudades medievales constaban de edificios de carácter público destinados a cumplir como baños que, junto a su función higiénica y terapeútica, propiciaba la existencia de relaciones eróticas que eran denunciadas por la Iglesia. Éstos favorecían la higiene corporal y la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades, sin embargo, también se relacionaban con la prostitución, la violencia y los excesos (Cabanes, 2008: 26).
En general, las casas solían ser de madera (roble, avellano, fresno y haya), profundas y se componían de planta baja; un primer piso que recibía el nombre de sobrado y donde nos encontramos el dormitorio y la cocina donde estaba el fuego que servía para preparar los alimentos y para calentar las estancias; y un desván o buhardilla, además de un huerto o jardín traseros (Fernández González, 2006a: 313). En la planta baja nos encontramos con una puerta general de acceso relativamente grande, un pasillo que da paso a la huerta y una empinada escalera, en un lateral largo de la vivienda, por la que se accede al piso superior. El resto del espacio interno se aprovechaba para almacenar productos siendo éstos cañas, remos, velas y demás aparejos propios de la pesca cuando sus ocupantes eran pescadores, pero esta función de almacenamiento también la cumplía la buhardilla. Otra característica de las viviendas de los pescadores era la existencia de balcones en la fachada de los pisos superiores donde poder secar las redes y/o extenderlas cuando hubiese que arreglarlas, y éstas se colgaban con argollas (Fernández González, 2001: 438 – 447; Fernández González, 2005: 323 – 325).
La villa de Castro Urdiales poseía casas unifamiliares con estructura de piedra y madera, siendo los techos de madera y disponiendo seguramente de varias ventanas y de una o más balconadas de madera en sus fachadas. Éstas lindaban con callejuelas, viñas, parrales y huertas que se hallaban en el interior de la villa (Pérez Bustamante, 1980: 108 – 112). A partir de la segunda mitad del siglo XIV en la villa de Santander empezó a ser frecuente las casas con dos sobrados, cuyo uso se generalizó a lo largo de la centuria siguiente, y ya en el siglo XV habrá viviendas con tres sobrados e, incluso, más y, además, cada uno de ellos avanzó algunos centímetros hacia la calle haciendo que la oscuridad de ésta aumente debido a la existencia de estos voladizos (Fernández González, 2005: 325 – 326).
El espacio extramuros de las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera estaba conformado por los arrabales; las áreas de esparcimiento y diversión donde sus habitantes iban a pasear, montar a caballo...; las zonas dedicadas al cultivo (huertas, viñedos, manzanales, etcétera), al pasto del ganado de los vecinos, a la caza que normalmente se llevaba a cabo en los bosques de los alrededores y a la pesca (Izquierdo Benito, 2007: 105 – 108), de la que más adelante hablaremos. Allí encontramos casas aisladas de tipo rural al presentar en su interior, además de huertas, lagares, corrales, bodegas e instalaciones para producir sidra y vino y también para la cría de animales (Fernández González, 2001: 291).
En la segunda mitad del siglo XIV la villa de Santander alcanza su máximo desarrollo y esto provocó el desarrollo de dos grandes arrabales que concentrasen a toda aquella población que no tuviese cabida en el interior de la villa. Hacia el oeste y como una prolongación de la Rúa Mayor surgió, siguiendo el Camino de Burgos hacia la costa, ya en el siglo XIII, tras la construcción de la muralla, el Arrabal de Fuera la Puerta que estaba formado por una única calle que superaba los doscientos cincuenta metros de largo con viviendas a ambos lados y donde algunos de los miembros más destacados de la sociedad urbana levantaron allí sus torres de linaje y éstos compartieron el espacio con aquellos labradores que explotaban las tierras del entorno más próximo. Hacia el este nos encontramos con el Arrabal de la Mar que surgió en el siglo XV por el interés mostrado por algunos pescadores por establecer su residencia lo más cerca posible del lugar en el que se quedaban sus embarcaciones cuando estaban en tierra y destacaremos que el piso bajo de las viviendas de la calle de la Mar, establecida ya en el primer cuarto del siglo XIV y que rondaría entre los ciento diez y los ciento veinticinco metros de longitud, se usaba para guardar las redes y otros aparejos de pesca (Fernández González, 2001: 288 – 297; Fernández González, 2005: 308 – 310; Fernández González, 2006a: 311).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
CABANES, Pilar (2008): “Los baños en la Edad Media: higiene y placer.” En Historia National Geographic, nº 55, pp. 26 – 30.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006a): “El paisaje urbano de las cuatro villas al final de la época medieval.” En ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (eds.) (2006): El espacio urbano en la Europa medieval: Nájera. Encuentros Internacionales del Medievo, Nájera, 26 – 29 de julio de 2005. Logroño, pp. 297 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006b): “La vida en las ruas medievales de las Cuatro Villas de la Costa”. En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 135 – 159.
GARCÍA DE GUINEA, Elena (1991): “Un día cualquiera, hace diez siglos.” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 4 – 19.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
IZQUIERDO BENITO, Ricardo (2007): “Arqueología de la ciudad medieval: principios metodológicos.” En MOLINA MOLINA, Ángel Luis y EIROA RODRÍGUEZ, Jorge A. (2007): Tendencias actuales en Arqueología Medieval. Murcia, pp. 91 – 108.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
RUIZ, Ana (1991): “El auge de las ciudades. ¡Qué viva la libertad!” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 28 – 33.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
VALDALISO, Covadonga (2009): “La Europa del Gótico: La era de las catedrales.” En Historia National Geographic, pp. 60 – 73.

15 nov 2013

Las defensas medievales de las "Cuatro Villas de la Costa"

La presencia de la muralla era un elemento indispensable del urbanismo medieval imprimiéndole forma a la ciudad, remarcando los límites del caserío y agrupando los elementos de su interior,  y el estado arquitectónico de ésta solía ser en general bastante deficiente, sobre todo, en aquellos tramos de peor calidad constructiva o de menor necesidad defensiva, por eso fueron necesarias frecuentes obras de reparación y mantenimiento (Fernández González, 2001: 227; Fernández González, 2006: 301; Izquierdo Benito, 2007: 98; Martínez Martínez, 2006: 118).
En la Edad Media la muralla poseía diversas funciones como la claramente defensiva; la de ser un elemento diferenciador entre el mundo urbano y el mundo rural; otra, económica; a finales de este período histórico ésta ayudaba a frenar la expansión de determinadas enfermedades, por lo que la muralla a partir del siglo XV adquiere una función claramente sanitaria. (Fernández González, 2001: 201 – 203). Sus puertas habían de situarse en aquella zona que estuviese más próxima a aquellas vías de comunicación que desembocaban en las distintas poblaciones, también deberían contar con facilidad de defensa (Fernández González, 2001: 231) y, además deberían permitir la entrada y salida de personas, animales y mercancías (Martínez Martínez, 2005: 128). Éstas se deberían abrir por la mañana y cerrarse al ponerse el sol (Fernández González, 2001: 234).
Las villas de la Cordillera Cantábrica se caracterizan, aparte de por su sencillez, por incluir edificios religiosos en la muralla (Fernández González, 2001: 219).
Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera contaban con un castillo que constituía un elemento principal del sistema defensivo de la villa, sin embargo, Laredo sólo contaba con la Torre de la Taleta, que se situaba fuera del recinto amurallado en el extremo suroeste de la villa, al borde del mar y que protegía el puerto, ya de por sí bien defendido por unas murallas almenadas (Arízaga, 1996: 76; Fernández González, 2006: 304 – 314; Martínez Martínez, 2006: 118 – 119; Solórzano Telechea, 2002: 272). El castillo de Castro Urdiales de forma trapezoidal se asentaba sobre la peña más abrupta que poseía la villa, que, además, se adentraba en el mar, protegiendo así la puebla y el puerto, y se componía de cinco torreones circulares (Arízaga, 1996: 76; Pérez Bustamante, 1980: 107; Solórzano Telechea, 2002: 274).
La Puebla Vieja de Santander estaba conformada por un cerro que alcanzaba una altura máxima de unos quince metros en aquel lugar donde se encontraba la Iglesia Colegial y se localizaba en el norte de la bahía. Su recinto amurallado aprovechó las condiciones naturales del entorno y éste estaba delimitado al sur por la existencia de acantilados sobre la bahía (Fernández González, 2005: 293).
La muralla medieval de Santander constaba de nueve puertas: al suroeste, la de San Pedro o San Nicolás, a partir de ella surgió un importante arrabal documentado a principios del siglo XIV, y la de las Atarazanas que debió abrirse en el siglo XIV; al sureste, la de Somorrostro o del Muelle de las Naos; al norte, la de Santa Clara; al noroeste, la de la Sierra; al noreste, la de Arcillero y la de la Mar o del Peso de la Harina; al este, la de la Ribera; y al oeste, la de San Francisco (Fernández González, 2005: 283; Solórzano Telechea, 2002: 269). A lo largo del año 2007 un equipo de arqueólogos de la Universidad de Cantabria excavó dicha muralla en el yacimiento de la Plaza Porticada o de Velarde y desde agosto de 2008 existe un proyecto para poner en valor dichos restos arqueológicos con la creación de un Centro de Interpretación. La datación por carbono 14 ha corroborado que la muralla de la Puebla Nueva de Santander se construyó a finales del siglo XIII, mientras se piensa que la construcción del foso se acometió en el primer tercio del siglo XIV (Fernández González, 2006: 303), y se derribó en el año 1765 para ampliar la ciudad hacia el este. Entre otras cosas, se encontró la Puerta del Mar, la más importante de la muralla y cuya finalidad era el acceso a los muelles (Fernández González, 2005: 283), que separaba a la ciudad del mar Cantábrico y por la que entraban los viajeros y las mercancías. El lienzo del muro es el más importante del norte de España, su trazado es recto y tiene veintiún metros de recorrido. Por último, la muralla tiene un anchura de dos como tres metros en la base y se estrechaba a dos metros en la parte superior, y su estructura, a unos cuatro metros de altura, era de mampostería con sillares irregulares.
El promontorio elegido  para el emplazamiento de la villa de San Vicente de la Barquera delimitaba su perímetro amurallado, del que aún se conservan numerosos restos en los alrededores de la iglesia, y estaba defendido en la parte oriental por el castillo y en la occidental por la torre militar, que perdió su primitiva función al ser reutilizada como torre de la iglesia parroquial (Arízaga, 1996: 74; Solórzano Telechea, 2002: 267).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006): “El paisaje urbano de las cuatro villas al final de la época medieval.” En ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (eds.) (2006): El espacio urbano en la Europa medieval: Nájera. Encuentros Internacionales del Medievo, Nájera, 26 – 29 de julio de 2005. Logroño, pp. 297 – 338.
IZQUIERDO BENITO, Ricardo (2007): “Arqueología de la ciudad medieval: principios metodológicos.” En MOLINA MOLINA, Ángel Luis y EIROA RODRÍGUEZ, Jorge A. (2007): Tendencias actuales en Arqueología Medieval. Murcia, pp. 91 – 108.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
PÉREZ BUSTAMANTE, Rogelio (1980): Historia de la Villa de Castro Urdiales. Santander.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 29.

13 nov 2013

Los orígenes de las "Cuatro Villas de la Costa"

La misma motivación económica que presidió la creación de ciudades a lo largo del Camino de Santiago durante los siglos XI y XII orientó la repoblación del litoral cantábrico entre mediados del siglo XII y comienzos del XIII (García de Cortázar, 1988: 166). El objetivo era repoblar y defender una zona marítima del norte peninsular, incluidas las costas gallegas que pertenecían, al igual que las asturianas, al reino de León mientras que la línea de costa que va desde San Vicente de la Barquera hasta Fuenterrabía era de Castilla.
Alfonso VIII de Castilla creó nuevas villas marineras a lo largo del litoral cantábrico que hasta la segunda mitad del siglo XII había constituido un espacio marginal dentro de los reinos de León, Castilla y Navarra (Arízaga, 1996: 71; Martínez Martínez, 2006: 112), y de la que aquí sólo hablaremos de las que conocemos como Cuatro Villas de la Costa: Castro Urdiales, Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera, surgiendo éstas sobre pequeñas aldeas ya existentes y dotadas de puertos naturales. A esta decisión regia contribuyó la creciente importancia del litoral de la zona debido a la desaparición del peligro normando, el aprendizaje de las técnicas de navegación, los recursos que se obtenían gracias a la pesca marítima, el desarrollo de la marina de guerra como elemento determinante en la empresa de reconquista de Andalucía (aquí nos estamos refiriendo a la presencia de navíos cántabros en el asedio fluvial que Sevilla sufrió antes de su rendición en el año 1248 y a lo largo de la costa de Huelva y Cádiz destacando en esta última la toma de Tarifa en 1292 y la de Algeciras en el año 1344), la actividad mercantil de Castilla con el Atlántico Norte y las relaciones personales del monarca, al estar casado con Leonor, hija de Enrique II de Inglaterra y titular del ducado de Aquitania (García Guinea, 1985: 482; García de Cortázar, 1988: 166; Solórzano Telechea, 2002: 247 - 248).
Estas Cuatro Villas de la Costa, que abarcaban todo el litoral de la actual provincia de Santander y que en el párrafo anterior hemos citado cuáles son, surgieron como tales después de que Alfonso VIII le otorgase un fuero o carta de poblamiento. El fuero recogía normas de derecho político, administrativo, civil, penal y claúsulas que hacían referencia a la vida económica y mercantil de dichas villas (Suárez Fernández et al., 1973: 133).
La franja costera de Cantabria tiene una longitud de ciento quince kilómetros cuadrados y se extiende desde las rías de Tina Menor y Tina Mayor, que en la actualidad se encuentran dentro de la jurisdicción del Ayuntamiento de Val de San Vicente, en la parte más occidental y siendo la segunda de ellas la desembocadura del río Deva, hasta Ontón en la más oriental. Nos encontramos ante una costa que es particularmente accidentada al ofrecernos una alternancia de acantilados, estuarios, bahías como las de Santander y San Vicente de la Barquera, y playas (Solórzano Telechea, 2002: 242) que la hacen especialmente atractiva. Toda esta costa aquí descrita fue repartida entre las cuatro villas marineras, es decir, Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera, que se fundaron entre la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII reafirmando así el objetivo de sus fundaciones (Fernández González, 2001: 156; Fernández González, 2005: 287).
El 10 de marzo de 1163 se le concedió a la villa de Castro Urdiales (antigua colonia romana de Flaviobriga) un fuero que se basaba en el que en el año 1095 el rey Alfonso VI le había otorgado a los pobladores de Logroño (García Guinea, 1985: 482 – 483; Solórzano Telechea, 2002: 254; Suárez Fernández et al., 1973: 133).
El 11 de julio de 1187 el Concejo de Santander recibió el fuero de Sahagún, al que copió en su totalidad, añadiendo algunas claúsulas específicas, como el amparo de la navegación, por ser Santander puerto marítimo (conocido como Portus Victoriae Iuliobrigensum en época romana) y, además, sus habitantes poseían una arraigada vocación pesquera (Arízagam 1996: 72; Fernández González, 2001: 19 – 50; García Guinea, 1985: 482 – 484). Éstos se habían asentado en torno a la abadía de San Emeterio y Celedonio y el castillo de San Felipe que servía tanto de defensa como de atalaya al dominar la bahía de Santander (Suárez Fernández et al., 1973: 133). Además la carta foral le reconocía una jurisdicción de tres leguas, es decir, quince kilómetros, pudiendo ser su tierra roturada para el cultivo de viñas, huertos, prados y la construcción de molinos y palomares (Solórzano Telechea, 2002: 253 – 257). Su jurisdicción marítima se extendía desde el cabo de Punta Ballota hasta la ría de Galizano y alcanzaba las diez leguas mar adentro (Fernández González, 2005: 287).
El 25 de enero de 1200 Alfonso VIII le otorgó el fuero de Castro Urdiales, inspirado en el de Logroño, a los pobladores de Laredo y éste fue el punto de arranque para el esplendor del que gozaría dicha villa marinera que surgió de un asentamiento que había surgido con anterioridad en torno al monasterio de Santa María del Puerto, su cementerio y sus manzanales que contó con una jurisdicción de unos cien kilómetros cuadrados (Arízaga Bolumburu, 1998: 19; Fernández González, 2001: 169; García Guinea, 1985: 482 – 483; Martínez Martínez, 2006: 111; Solórzano Telechea, 2002: 253 – 255; Suárez Fernández et al., 1973: 134). Laredo se encuentra en el extremo oriental de la bahía de Santoña y en la actualidad es una bella población de ambiente marinero y raíces medievales y que está ligada al mar y la pesca por tradición desde sus orígenes.
El 3 de abril de 1210 Alfonso VIII le concedió a los pobladores de la villa de San Vicente de la Barquera el fuero de San Sebastián con los privilegios que le había otorgado a Santander para aquellas naves que arribasen a su puerto y para aquellas mercancías que en ellas se transportasen (García Guinea, 1985: 482 – 483; Suárez Fernández et al., 1973: 134). Esta villa, que en la actualidad es una bella localidad pesquera se fundó sobre un promontorio aislado por el mar y dos rías, y a finales del siglo XV, su término poseía una extensión de dos leguas, lo que equivaldría a unos diez kilómetros (Solórzano Telechea, 2002: 259).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
ARÍZAGA BOLUMBUR, Beatriz (1998): “Prólogo. El origen de la villa de Laredo.” En CUÑAT CÍSCAR, Virginia M. (1998): Documentación Medieval de la Villa de Laredo 1200 – 1500. Santander, pp. 17 – 20.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
GARCÍA DE CORTÁZAR, José Ángel (1988): La época medieval. En ARTOLA, Miguel (1988): Historia de España. Madrid, Volumen 2.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis; MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José; GARCÍA GUINEA, M. A.; GONZÁLEZ ECHEGARAY, Joaquín; ÁLAVA AGUIRRE, José Miguel de; CARRIÓN IRÁN, Manuel; SOLANA SAINZ, José María; MOURE ROMANILLO, Alfonso y PÉREZ – BUSTAMANTE GONZÁLEZ, R. (1973): La Edad Media en Cantabria. Santander.

11 nov 2013

Datos básicos para describir una novela

En el momento de preparar esta entrada (la tarde del lunes 4 de noviembre de 2013) me encuentro repasando uno de los temas más extensos de las oposiciones de Bibliotecas y Archivos. Dicha unidad didáctica se llama Reglas de Catalogación. Cuando empecé a repasarlo esta mañana, me pareció una buena idea presentar de forma amena la información que encontramos en las cubiertas (y que todos confundimos con la portada) de las novelas y que después encontraremos en las fichas bibliográficas del catálogo de cualquier biblioteca.
Esta cubierta nos dice que el título de la novela es: You know you love me y a la hora de describirlo lo haremos en el idioma en el que aparece, es decir, en inglés. En la ficha no escribiríamos que el título es, por ejemplo: Tú sabes que me quieres. La cubierta también nos informa de que en la mención de responsabilidad deberemos poner el nombre de la autora: Cecily von Ziegesar, que el título de la serie es: The New York Times Bestselling Series, y que en el Área de Notas deberemos mencionar que se trata de una novela de Gossip Girl. (Fuente: Internet).
Esta cubierta nos dice que el título de la novela es Dónde los árboles cantan, que la mención de responsabilidad corresponde a Laura Gallego, que deberemos mencionar que se trata de una edición limitada y que en el Área de Notas deberemos escribir Incluye dos ilustraciones para coleccionistas. (Fuente: https://twitter.com/Literatura_SM).
Esta cubierta nos dice que el título es Lo inevitable del amor, que la mención de responsabilidad es compartida por dos autores: Nuria Roca y Juan del Val, que el nombre del editor es Booket y que en el Área de Notas deberemos mencionar que se trata de un bestseller. (Fuente: https://www.facebook.com/BooketOficial/photos_stream).
Esta cubierta nos informa de que el título es Siempre tuyo, que hay dos menciones de responsabilidad: la primera corresponde a Daniel Glattauer como autor y la segunda la encontramos en el margen izquierdo al leer Traducción: Macarena González, y que el editor es Alfaguara. (Fuente: Internet).

8 nov 2013

Sitios donde nos gusta leer una novela (II)

A muchos les gusta sentarse junto a la ventana y aprovechar la luz que entra por ella para leer durante un rato una novela. La imagen muestra una escena de la película “La joven Jane Austen” (2007) donde la actriz Anna Hathaway (Brooklyn, Nueva York, 12 de noviembre de 1982) interpretaba a la escritora inglesa Jane Austen (16 de diciembre de 1775 – 18 de julio de 1817). (Fuente: Internet).
Otros sitios muy agradables para leer son el campo, un bosque o el parque. Hay quien le gusta leer al aire libre y aprovechan que hace buen tiempo, sobre todo, en verano, para irse con una novela al campo o al parque. La chica de la foto aprovechó un día soleado (seguramente de verano) para salir al aire libre con una novela y leerla sentada en el césped y con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. (Fuente: Internet).
Tengo la suerte de no marearme en la carretera, así que me gusta aprovechar los trayectos en coche y autobús para leer una novela. Me es indiferente si es un viaje corto a una de las playas de Cádiz y/o Huelva como si son las ocho horas aproximadas que hay en coche entre Sevilla y el Cantábrico. También es fácil verme leyendo en el metro, el tren o montada en un avión. Siempre intento llevar una novela en el bolso. (Fuente: Internet).

6 nov 2013

Portadas originales (II)

Portada original de la edición estadounidense de 2005 de Something Blue – El viaje de Darcy de Emily Giffin. El diseño es muy sencillo pero da pistas acerca del argumento, por lo que es muy acertado. En España la publicó en 2008 la editorial Random House Mondadori en su sello DeBols!llo, tiene 380 páginas y cuesta 8,95 euros. La traducción española del título es algo errónea desde mi punto de vista y la portada elegida es poco atractiva. Es la continuación de la novela Something Borrowed – Algo prestado. Os recomiendo la reseña que se publicó en el blog Devoradora de Libros el 30 de mayo de 2011: http://www.devoradoradelibros.com/2011/05/el-viaje-de-darcy-emily-giffin.html. (Fuente: Internet).

Portada original de la edición estadounidense de la secuela de The Devil Wears Prada – El diablo viste de Prada de Lauren Weisberger. Se publicó en los Estados Unidos el pasado 4 de junio de 2013. La acción de esta nueva novela se sitúa casi una década después siendo Andrea la jefa y una joven treinteañera recién casada. No sé cuándo se publicará en España y todavía menos cuándo lo hará en edición de bolsillo. Me apetece leerla. (Fuente: Internet).

4 nov 2013

"El enigma del scriptorium" (Pedro Ruiz García)

(Leído en octubre de 2013)
(Fuente: Elaboración propia).
El libro que hoy reseño lo he leído (o al menos lo he intentado) como si aún tuviese quince años. Esto significa que he sido más o menos flexible con el rigor histórico que pueda haber en sus páginas. Aunque se trate de una ficción y sea de aventuras, en el aspecto del ya mencionado rigor suelo ser bastante exigente.
Al leer este libro con la idea de la Historia en general y la Edad Media en particular que tenía en 3º de la E.S.O., he pasado un poco por alto algunos detalles anacrónicos. Estos son: el nombre femenino de Almudena, que procede del árabe Almudaina y significa “fortaleza”; y que el concepto de amistad tal como lo entendemos en la actualidad no surge hasta el siglo XIX.
La novela está bien ambientada pero, a veces, usa un lenguaje demasiado erudito que un adolescente por muy lector y culto que sea no entiende. Esto lo considero un fallo muy grave y ha hecho que El enigma del scriptorium no me haya convencido y que a la Elena adolescente no le haya gustado (es más le hubiese resultado muy aburrido). Se trata de acercar la Historia a los niños y jóvenes, no de alejarlos y de que piensen que es aburrida.
El enigma del scriptorium es una novela juvenil que publicó Ediciones SM en su colección Gran Angular (lecturas recomendadas para adolescentes de 12 a 18 años) con el número 295 en 2012 y cuesta 8,50 euros. Tiene 215 páginas. La novela está dividida en 34 capítulos cortos más una página llamada erróneamente Epílogo (yo pienso que la denominación más correcta habría sido Anexo o Apéndice) donde se escribe con brevedad los acontecimientos más importantes que ocurrieron en el Reino de Castilla y León entre la muerte en 1275 del infante don Fernando de la Cerda y 1295. Por último, se trata de la novela finalista del Premio Gran Angular 2012.
El autor es Pedro Ruiz García (Quintanar del Rey, Cuenca, 1978). Ha estudiado Magisterio y ha sido profesor de Educación Física en España, Colombia y Marruecos. Ha vivido dos años en Toledo. Con su primer sueldo como profesor se compró un ordenador.
El enigma del scriptorium cumple con algunos de los requisitos propios de la Literatura Juvenil. La protagonista (Francisca) y sus dos amigos (Eliezer y Almudena) tienen 16 años. Está escrita en primera persona singular desde el punto de vista de la protagonista femenina.
En El enigma del scriptorium encontramos menciones a la “Escuela de Traductores” de Toledo, al-Andalus, Maimónides, el Cid, doña Jimena, Alfonso X, Fernando III el Santo, Beatriz de Suabia, el infante Fernando de la Cerda, el Tratado de Astronomía de Azarquiel, las Cántigas de Santa María, la Torá, el Talmud, Cluny, Avicena, Toletum, Alá, Constantinopla, Alarico, don Rodrigo, Tariq, Alfonso VI el Bravo, el rey Salomón, el general Tito, el templo de Salomón, Hércules, Las Siete Partidas, Julio César, Don Fadrique, el infante Alfonso de la Cerda, el Arca de la Alianza, el monte Sinaí, los infantes de la Cerda y Sancho IV el Bravo.
Os voy a dejar a continuación un fragmento de la propuesta de actividades que han hecho en Ediciones SM para El enigma del scriptorium y que a mí, una apasionada medievalista, me han molestado bastante y han empeorado mi opinión sobre el libro. Se encuentra en ¿Por qué leer este libro?: “Porque se trata de una novela histórica sobre una de las épocas más apasionantes y a la vez más oscuras de nuestra historia: la Edad Media.” ¿Quién ha escrito estas líneas sabe algo de lo que fue el siglo XIII en Europa en general y en España en particular? (Fuente: http://www.literaturasm.com/El_enigma_del_scriptorium.html).

Valoración “El enigma del scriptorium” (Pedro Ruiz García):
4,5/10

Otra reseña interesante de El enigma del scriptorium:

1 nov 2013

"Sin tiempo para soñar" (Jordi Sierra i Fabra)

(Leído en octubre de 2013)
(Fuente: Elaboración propia)
Hoy reseño otra novela juvenil que se ha convertido en una de mis mejores lecturas de este año 2013, junto a la de El blog de Cyrano de Rosa Huertas, que leí el pasado mes de marzo. En este caso también tardé un tiempo antes de comprar el libro (desde que lo descubrí en la Casa del Libro de Sevilla) porque no me terminaba de convencer la portada ni el argumento.
Sin tiempo para soñar lo publicó con el número 52 la editorial Bruño en su colección Paralelo Cero en marzo de 2006 pero la que yo tengo es la octava edición que se publicó en el mes de febrero de 2012. Cuesta 8,90 euros.
La novela tiene 237 páginas y está dividida en cinco partes. Éstas están compuestas por breves capítulos (entre cuatro y ocho) aunque de extensión variable.
El libro lo ha escrito por Jordi Sierra i Fabra, uno de los autores españoles de Literatura Juvenil más conocidos. De las obras que ha publicado también recomiendo la lectura de Malas tierras, Campos de fresas, Rabia (leído en enero de 2004) y Soledades de Ana (leído en marzo de 2013).
Es de las pocas novelas juveniles que he leído protagonizada por estudiantes universitarios. Los protagonistas estudian segundo de la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. A mí, el periodismo siempre me ha llamado la atención y con quince años me planteé estudiar dicha carrera. Me llama mucho la atención la investigación periodística y en esta novela está muy bien reflejada la que llevan a cabo los protagonistas en torno al asesinato de una adolescente barcelonesa de un barrio marginal.
Sin tiempo para soñar está escrito en tercera persona y alterna los puntos de vista de Julia y Gil. Usa un lenguaje coloquial que muestra muy bien la procedencia geográfica y socioeconómica de los distintos personajes. Es una novela que hace pensar y que es muy actual. Su estilo es ameno, ágil y ligero.
En la novela tiene más peso la investigación de lo que ha habido detrás del crimen que la historia personal de los protagonistas. Sorprende mucho la construcción que hace el autor de la víctima, ya que nadie se imagina que una persona de un barrio marginal pueda ser así.
La trama de Sin tiempo para soñar es bastante interesante y original, y lo más importante engancha bastante. Pienso que la novela es tanto para adolescentes de 15 – 16 años como para veinteañeros.

Valoración “Sin tiempo para soñar” (Jordi Sierra i Fabra):

10/10

31 oct 2013

Especial Halloween

No pensaba actualizar hoy y la entrada es una sorpresa para todos. Para mí porque se me acaba de ocurrir la idea y para vosotros porque muestra una faceta mía bastante desconocida. Este post constará de imágenes (todas sacadas de Internet), el pie de foto y la fecha en que las publiqué en Fotolog: http://www.fotolog.com/cembrus/mosaic/.
Borrón y cuenta nueva. (6 febrero 2008)
Pinceladas de oscuridad. (7 febrero 2008)
Aprender de los errores. (4 marzo 2008)
Amistades para toda la vida. (5 marzo 2008)
Dolor. (6 marzo 2008)
Muerte. (12 marzo 2008)

Inspiración. (29 marzo 2008)
Temores. (7 abril 2008)

Falsas amistades. (18 abril 2008)
Llena de ilusiones. (25 abril 2008)
Fantasmas del pasado. (27 junio 2008)
Femenino singular. (20 enero 2012)

Contra viento y marea. (25 enero 2012)

30 oct 2013

Aspectos metodológicos de la excavación de Piazza Armerina - Agosto 2007

La entrada de hoy forma parte del texto que preparé para una ponencia que di la tarde del día 21 de mayo de 2008 en una de las aulas de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla dentro de la Jornada de Iniciación a la investigación en Arqueología “La villa romana del Casale, Piazza Armerina, Sicilia”, organizada por profesores de los departamentos de Prehistoria y Arqueología e Historia Antigua. Es un poco árida aunque he intentado que su lectura sea bastante amena.
“Un grupo de estudiantes de Historia de la Universidad de Sevilla hemos participado en las dos últimas campañas de excavación (veranos de 2006 y 2007) que la Universidad de La Sapienza de Roma lleva a cabo en el asentamiento arabo – normando de Piazza Armerina en el centro de Sicilia durante los meses de julio y agosto.
Las excavaciones más recientes en Piazza Armerina se enmarcan dentro del ámbito de la arqueología medieval que en las dos últimas décadas ha empezado a ser más tenida en cuenta dentro de las universidades europeas aunque hoy en día aún se la sigue minusvalorando bastante. No entraremos en su problemática, ya que no es asunto de esta conferencia que se centrará en cuales fueron los aspectos metodológicos que utilizamos en nuestra intervención del pasado mes de agosto aunque también nos referiremos a la del mes de julio de 2006.
A pesar de que no poseemos mucha experiencia en arqueología de campo, uno de nosotros decidió poner por escrito lo que hacía cada día en la excavación y a su vuelta pasaría dichas anotaciones a ordenador surgiendo así unas breves y esquematizadas memorias de sus intervenciones de julio de 2006 y de agosto de 2007. Ahí podemos encontrar las actividades que dicha persona hizo cada día, los materiales que utilizó a la hora de llevarlas a cabo y alguna información adicional de interés.
Empezaremos hablando del diario de excavación, esa libreta en la que normalmente los colaboradores del director de la excavación anotan todas aquellas incidencias que nos hemos encontrado y a la que hemos tenido que hacer frente durante nuestra jornada de trabajo (Carandini, 1997: 158; Fernández Martínez, 1990: 75 – 76; Gutiérrez Lloret, 1997: 157; Mac Intosh, 1987: 87), y que posteriormente nos ayudarán a rellenar aquellas lagunas que puedan surgir cuando nos encontremos elaborando el informe y/o la memoria. En la actualidad, esta práctica ya tradicional se complementa con el uso de fichas estandarizadas para cada unidad estratigráfica siendo Harris y Carandini unos de sus primeros y principales defensores dentro de sus respectivas críticas del sistema Wheeler donde se usaba el diario como principal método de registro. Además de la documentación escrita, toda unidad estratigráfica ha de tener también una gráfica compuesta por dibujos de planta, perfil... que estarán hechos a escala sobre papel milimetrado, lo que ha hecho que el trabajo de campo haya desarrollado el empleo de los bastidores de dibujo (Roskams, 2003: 173) que normalmente son de madera, aunque, a veces, éstos se hacen en el cuaderno que sirve como diario (Fernández Martínez, 1990: 74; Mac Intosh, 1987: 84), sin embargo, en los últimos años ha mejorado mucho volviéndose más preciso gracias a los programas de diseño asistido por ordenador como AUTOCAD, muy utilizado por los arquitectos y cada vez más importante para los arqueólogos, y que se basa en la conjunción del registro espacial obtenido con la estación total y la fotografía digital para obtener dibujos a ordenador, superpuestos o no a la fotografía, de diferentes aspectos de la excavación; y finalmente una fotográfica donde deberán aparecer los siguientes elementos: una pequeña pizarra donde se hayan escrito con tiza blanca las siglas de la correspondiente unidad estratigráfica y la fecha (día, mes y año) en que se vaya a tomar la fotografía, que se hará con una buena cámara digital, un jalón de color blanco y rojo que se colocará bajo la pizarra (Carandini, 1997: 129) y, por último, una pequeña flecha blanca y negra señalando al norte.
Antes de llevar a cabo el registro de una unidad estratigráfica habremos de identificarla, excavarla siendo la mejor posición de pie o arrodillado (Carandini, 1997: 174) y limpiarla siendo esto último de gran importancia si se van a hacer fotografías del estrato. Es muy importante que recojamos los diferentes materiales que nos vayamos encontrando, ya que esto nos ayudará a datar y caracterizar el origen y la naturaleza de un determinado estrato. Éste se diferencia de otro por su textura, composición, color, espesor o contenido (Fernández Martínez, 1990: 125) y esto deberá ponerse después por escrito en la ficha correspondiente. Aunque no hace mucho tiempo las unidades estratigráficas eran registradas en los cuadernos de campo con descripciones escritas en líneas sucesivas y dibujos realizados en el reverso en papel de dibujo (Roskams, 2003: 145). Antes de dar por terminado este párrafo, deberemos tener en cuenta cuál será el lugar más adecuado para acumular la tierra que hemos extraído al excavar los sucesivos estratos y establecer el recorrido que las carretillas deberán hacer para acceder a éste (Carandini, 1997: 172).
Dentro del trabajo de campo limpiamos, siglamos y clasificamos cerámica. El siglado se hace con pluma y tinta negra en el borde, intentando evitar las zonas de rotura, de la parte interior de la pieza de cerámica y la letra pequeñísima pero ésta ha de ser legible. También limpiamos mármol y huesos de animales pero casi no vimos nada de madera, hierro, carbón y vidrio, ya que no se pueden mojar y, por otro lado, apenas han aparecido durante las excavaciones que se han llevado a cabo. Esto es lo que se hace en verano mientras que en invierno se dibujan, se fotografían y se estudian.
Sabemos que la excavación es el aspecto más atractivo del trabajo de un arqueólogo pero también es la parte más dura, meticulosa y lenta, sin embargo, es la más gratificante en el momento en el que se produce el hallazgo (Fernández Martínez, 1990: 59; Requejo, 2003: 26) y somos conscientes del importante papel que ha jugado en nuestra elección por esta profesión tan llena de mitos. Esto nos sirve de conclusión a nuestra exposición con la que intentamos dar una imagen de la excavación mucho más cercana a la realidad y bastante alejada, por tanto, de Indiana Jones.”
Bibliografía consultada:
BAHN, Paul y RENFREW, Collin (1998): Arqueología: Teorías, métodos y práctica. Madrid.
CARANDINI, Andrea (1997): Historias en la Tierra. Manual de excavación arqueológica. Barcelona.
FERNÁNDEZ MARTÍNEZ, Víctor M. (1990): Teoría y Método de la Arqueología. Madrid.
GUTIÉRREZ LLORET, Sonia (1997): Arqueología: Introducción a la historia material de las sociedades del pasado. Alicante.
HARRIS, E. C. (1991): Principios de estratigrafía arqueológica. Barcelona.
MAC INTOSH, Jane (1987): Guía práctica de la Arqueología. Madrid.
MOBERG, Carl – Axel (1992): Introducción a la arqueología. Madrid.
REQUEJO, Ricardo (2003): “Detectives del pasado. La profesión de arqueólogo.” Muy especial, 60, pp. 24 – 29.

ROSKAMS, Steve (2003): Teoría y Práctica de la Excavación. Barcelona.